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viernes, 19 de diciembre de 2014

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viernes, 31 de octubre de 2014

HALLOWEEN... UNA TRADICIÓN QUE SUBYACE EN MÉXICO

•Como sucede hoy en casi todo nuestro país, no es difícil encontrar en La Candelaria familias con hijos jóvenes que celebran el Halloween, festejo que hemos importado de los Estados Unidos. 17

Esta fiesta apareció en la Candelaria desde los años setenta y aunque se celebra con menor impacto que la fiesta del Día de Muertos, no es difícil escuchar la música moderna que desde aparatos electrónicos, ameniza bailes de disfraces de monstruos o brujas. Igualmente, pululan por el pueblo niños vestidos de brujas u otros seres macabros, que portan calabazas de plástico para pedir “su calavera”. Empero, esto no ha mermado para nada el interés de la celebración local por el Día de Muertos.18

Como podemos ver, la permanencia de las tradiciones relacionadas con el cuidado y propiciación de las relaciones de los vivos con los muertos en la Candelaria, Coyoacán, constituye una forma de reforzamiento de los lazos sociales que trascienden tiempos, espacios y, en este caso, al embate de la urbe que de manera agresiva empieza a invadir la zona.
La importancia que tiene la celebración del Día de Muertos constituye una forma de resistencia cultural que favorece el mantenimiento de la identidad de este pueblo, que se resiste a modificarse pese a la urbanización y a los cambios estructurales que ésta conlleva.


17. Antigua fiesta del Samhain, del año nuevo celta que se celebraba el 1 de noviembre. Al cristianizarse se conoce como All Hallows, de donde nació la palabra Hallowe en o Eve of All Hallows, víspera de Todos Santos que se celebraba el 31 de octubre. En ese día se ofrecían alimentos y bebidas a personas disfrazadas que recorrían esa noche las viviendas. Véase Teresa E. Rhode, Tiempo sagrado, Planeta, México, 1990, pp. 141-150.
18. Véase Stanley Brandes, “El día de muertos, el halloween y la búsqueda de la identidad nacional”, en Alteridades (#20), julio-diciembre de 2000, UAM-I, pp. 7-20.


Con información de: CONACULTA

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jueves, 30 de octubre de 2014

DÍA DE MUERTOS, TRADICIÓN Y COLORIDO DE MÉXICO

El Día de Muertos es una celebración que honra a los difuntos el 2 de noviembre, aunque comienza desde el 1 de noviembre y coincide con las celebraciones católicas del Día de los Fieles Difuntos y Todos los Santos. Es una festividad mexicana y centroamericana que se celebra también en muchas comunidades de Estados Unidos, donde existe una gran población latina, e incluso en Brasil, donde se le conoce como Día dos Finados.

Es tan importante y tradicional que en 2003 la UNESCO declaró al Día de Muertos mexicano como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, pero cuándo comenzó?

Los orígenes de la celebración del Día de Muertos en México son anteriores a la llegada de los españoles. Hay registro de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha, nahua y totonaca. Los rituales que celebran la vida de los ancestros se realizan en estas civilizaciones por lo menos desde hace tres mil años. En la era prehispánica era como en la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.

El festival, que después se convertiría en el Día de Muertos, era conmemorado el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto, y duraba un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl, conocida como la “Dama de la Muerte” (actualmente relacionada con “La Catrina” de José Guadalupe Posada) y esposa de Mictlantecuhtli, “Señor de la Tierra de los Muertos”. Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

A DÓNDE SE DIRIGEN LOS MUERTOS
Para los antiguos mexicanos, la muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, en la que las ideas de infierno y paraíso sirven para castigar o premiar. Por el contrario, ellos creían que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido y no por su comportamiento en la vida.

De esta forma, las direcciones que podían tomar los muertos eran:
El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia. A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios.

El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.

El Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. A este lugar llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el Omeyocan era un privilegio.

El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas.

Morir en la guerra era considerada la mejor de las muertes por los aztecas. Por incomprensible que parezca, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.

El Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural. Este lugar era habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.

El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años. Luego de este tiempo, las almas llegaban al Chignahuamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos. Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcatl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían, como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.

Los niños tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.

Con información de: CONACULTA

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